El abuelo que odiaba los ebooks

Él no odiaba. No era de ese tipo de personas que se dedican a maldecir en voz baja y cuando les toca hablar lo hacen mirando a los pies; él hablaba en voz alta, con el volumen adecuado a cada circunstancia y, por supuesto, defendiendo siempre su verdad. Aunque sabía que no siempre llevaba razón y que hay veces en las que nadie la lleva del todo, no estaba acostumbrado a ceder con facilidad: y no por testarudez, sino por falta de argumentos de su oponente dialéctico. Era consciente de que, con 73 años, la expresión «saber más que el diablo» en ocasiones se quedaba corta. Además de todo esto también era feliz. Cada día más. Llegó un día en el que se dio cuenta de que cualquier café podía ser el último, y el café le gustaba mucho… casi tanto como seguir durmiendo cuando sonaba el despertador. Ese día eso también cambió: madrugar ya no le costaba y el café se lo preparaba largo.

Como hemos dicho, él no odiaba, por eso se empezó a preocupar aquel día. De repente se dio cuenta de que había algo que le impedía acercarse a quien tuviera enfrente: un muro electrónico, pequeño y relleno de tinta. Como podéis imaginar, amaba leer y charlar sobre libros, y le encantaba entablar conversaciones a partir de los títulos o, si no había leído el libro, de su portada. Solía decir que la portada era para un libro lo que para una persona su vestimenta. Por eso tenía ese sentimiento áspero hacia los ebooks; no solo no podía leer su “carné de identidad”, ni siquiera podía inferir aquello que pretendía evocar el libro. Sentía como si hubieran raptado a la literatura y le hubieran puesto un pijama gris y triste, obligándola a arrodillarse ante un mundo encorsetado por unas normas de eficiencia y productividad incomprensibles. Y aunque sabía que odiar a un aparato electrónico no tenía sentido, no podía desprenderse de esa sensación que surge cuando envidias y te ofendes a la vez.

Decidió que aquello tenía que acabar, que debía hacer lo que siempre pregonaba: enfrentarse a la situación. Se acercó al centro de la ciudad, paseando como de costumbre, disfrutando y parando a tomar un café en mitad del camino, y cuando llegó a su destino lo hizo: le miró a los ojos y se enfrentó a él. Pensó que era bueno ofrecerle el mismo honor que a los demás, de modo que se lo llevó a un parque cercano (no importaba cuál, para él todos tenían su encanto). Allí se sentó en un banco, junto a él, y esperó…

Ya no volvió a sentir odio, ni rabia, ni frustración; sintió compasión. Aquel día, en el parque, ni siquiera logró encender el aparato. Lo volvió a guardar, inerte y frío, en su caja, y decidió que su verdad, que su modo de ver la vida era el correcto para él. Los ebooks no eran para él, ni él para los ebooks. Seguiría viajando con dos mochilas, como había hecho siempre: una para la ropa y otra para sus libros.

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