El molde de su vida

Esta historia nació en un coche mientras recorría Francia con destino París. Gracias a dos personas, a quienes fui guiando a través de preguntas, creamos lo que tenéis a continuación. A ellas va dedicado y a ellas les agradezco que fueran capaces de abrir su mente y filtrar parte de los sentimientos que tenían dentro. Por otro lado, también va dedicado a quien nos recibió con los brazos abiertos y sin quien esta historia nunca se hubiera escrito.

Hay ciudades tan grandes que, después de un año y medio viviendo en ellas, un buen día cambias tu ruta para volver a casa y descubres nuevas calles. Eso le hubiera pasado a ella si hubiera levantado los ojos del suelo, pero ese día no fue así. Cambió su itinerario inconscientemente, como si fuera la única decisión que pudiera tomar, como si caminar por calles distintas fuera vivir una vida distinta. No cayó en que poco importa que vayas por un camino paralelo cuando tu destino sigue siendo el mismo.

A las cuatro de la mañana de un miércoles casi todo está cerrado, exceptuando lugares como en el que trabajaba ella, de esos que hay que conocer de antemano para poder llegar a ellos. Esa noche salió tan pronto como le dejaron, prometiéndose a sí misma, como cada miércoles, que sería el último. El lunes o el martes él volvía a llamarla y le decía el horario; ella, mirando hacia abajo como si lo tuviera delante, respondía que sí en voz baja. Cuando colgaba, todavía tenían que pasar unos segundos para que dejara de sentir su mirada penetrante, sus palabras de desprecio en voz baja y su manipulación, todo ello adornado con una media sonrisa inteligente.

El jueves dormía hasta tarde y cuando despertaba el mundo parecía de otro color. Ponía el cronómetro a cero, se duchaba y salía a la calle. Comía en el centro, siempre en el mismo restaurante y siempre a la misma hora, junto a aquella persona que le hacía olvidarlo todo. A veces se planteaba quién movía los hilos sobre sus cabezas para que dos personas con tan poco en común pudieran ser tan felices juntas. Treinta y tres años de diferencia, él divorciado, ella soltera, él economista de altos vuelos, ella con una licenciatura en bellas artes, él con una hija, ella sin un hermano… solo había dos cosas que, de cara a un mundo que busca meterlo todo en cajas, pudieran justificar su amor: el segundo país más grande de la Península Ibérica y el yoga. Ambos eran portugueses y se habían conocido un año antes mientras canalizaban su respiración y estiraban sus músculos. Al final, dos encuentros casuales en un barrio en el que ninguno de los dos vivía llevaron a un café, el café a un desayuno y el desayuno a una cama en un ático: trabajar mucho y ganar mucho dinero te llevaba a poder disponer de cosas muy caras, aunque no tengas demasiado tiempo para disfrutar de ellas.

Tras este almuerzo, generalmente breve, volvía a casa y se encerraba en su  alma. Llegó a Madrid soñando con un proyecto y todavía no había logrado despertar. Ella era, a su modo, feliz en su pequeño mundo de caucho. Sí, caucho, porque por raro que pueda sonar, lo que ella conseguía con este material era expresar la felicidad que no lograba alcanzar. Quizá por eso le gustara tanto moldearlo y crear ideas. Su pequeño balcón, su salón y su habitación eran un reflejo perfecto de sus aspiraciones. Soñaba despierta con compartir su forma de trabajar los sueños a través de ese material y poder ganarse la vida con ello, pero aún no se atrevía… por eso seguía yendo, cada miércoles, a generar otro tipo de arte; para ella su cuerpo también era arte, aunque los que estuvieran enfrente no lo valoraran igual.

Y con una vitalidad renovada intentaba cada día quererse más a sí misma, disfrutar más de las pequeñas cosas y no preocuparse tanto: era su propósito particular de año nuevo, ese que renovaba cada doce meses. Y últimamente lo estaba consiguiendo. Caminaba más despacio al dirigirse a los sitios, miraba al cielo, se detenía cuando el guitarrista del metro cantaba sobre su particular visión del amor y disfrutaba cuando un abuelo en el autobús le preguntaba sobre la portada del libro que estaba leyendo.

Sentía que todo empezaba a equilibrarse: iba a tener una oportunidad de promocionar su arte, trabajaba a diario en su autoestima, estaba con un hombre inteligente, elegante y guapo… todo iba demasiado bien. Y todo se tambaleó el día que se encontró con ella. Era la hija de su pareja. A veces es sorprendente lo que puede destruir alguien con unas pocas palabras; alguien a quien, además, no le importas. Cuando llamó a sus dos mejores amigos, de los pocos que tenía en la capital, lejos de apoyarla se dedicaron a, como solían decir ellos, «yatelodijear». Mal consejero es quien habla de amor con el corazón roto, pero peor consejero es quien tiene el corazón a medio curar por una infructuosa relación común anterior. Ninguno de los dos fue calor esa tarde. Nadie pudo ayudarla y no se atrevió a contárselo por teléfono a su «medio limón», quien estaba de viaje de negocios. Su frágil mundo se rompió en demasiados trozos aquel día. Hubiera deseado ser como su arte y estar hecha de un material resistente, flexible y libre. Pero lejos de ser un árbol de caucho, era más bien un palacio de porcelana…

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