La niña que colocaba flores azules sobre las cosas feas

Como si de una hoja de árbol se tratara, esta historia entró por nuestra ventana pasada la medianoche…

Se acercaba el frío vestido de caoba y ella, feliz y sonriente, cerraba los ojos y disfrutaba de la brisa en la cara. Le gustaba dormir con la ventana abierta y coleccionar las hojas que se colaban en su habitación: su definición de otoño era «color bonito». Colocaba esas hojas con chinchetas en la pared de su habitación y, en aquellas que eran lo suficientemente grandes, escribía poesía. Solía decir que la ventana era su alma y, las hojas, las personas: siempre estaba dispuesta a que alguien más entrara, siempre dispuesta a confiar y a dar todo lo que tenía… a veces a quien no lo merecía y, otras, a quien no sabía apreciarlo. No obstante, le gustaba tanto escribir poesía y dibujar sobre esas grandes hojas que rápidamente olvidaba aquellas que se marchitaban con la tinta todavía fresca.

Desde pequeña había sentido una conexión especial con la naturaleza, suponía que por haber nacido cerca de un río y rodeada de amigos pequeños y peludos: compañeros fieles que nunca criticaban y que disfrutaban tranquilos del aire invisible que salía de la flauta de una niña sentada entre juncos. Era capaz de estar horas caminando junto a unas aguas con miles de historias que contar. Cuando decidía que era buen momento de volver a casa, emprendía la marcha junto a sus acompañantes y recogía las flores azules que se encontraba al borde del camino. Conforme se iba acercando a la civilización, las iba depositando sobre aquello que no le gustaba. Era como si fuera un pincel que transformaba las cosas tristes en cosas bonitas. Había veces en las que funcionaba y otras en las que obtenía una mirada de reproche pero, como ya hemos dicho antes, eso no la detenía. Si tiene que cruzar sobre rocas llenas de erizos para disfrutar de la inmensidad del mar caminará con cuidado para no pincharse, porque, al final, el amor siempre merece la pena; si tiene que cruzar rocas llenas de erizos porque alguien se está ahogando en el mar el cuidado se lo dejará en la arena y correrá sin mirar, porque, para ella, el amor no tiene precio. Eso es algo que le enseñaron y, al igual que montar en bici o crear música, no se olvida nunca. De algún modo lo lleva impreso en su ADN, de algún modo es lo que la define y no podría ser de otra manera…

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