Con las manos manchadas de arcilla

Así la recuerdo, con las manos manchadas de arcilla. Le brillaban los ojos cada vez que lo hacía; nunca se concentraba tanto como en ese momento, al menos a mis ojos de niña. Recogía el agua de un río cerca del cual nos habíamos instalado hacía un tiempo, la transportaba a su lugar de siempre y se sentaba sobre un trozo de piel trabajada. Aunque amortiguaba su peso, el dolor que sufría en las rodillas no lo evitaba. Recuerdo también el esfuerzo que le costaba moler el trigo sobre aquella piedra con forma de barca para luego hacer un pan  que a veces crujía debido a los fragmentos de mineral que se desprendían.

Pero ese día era especial, lo supe en el momento en que la vi; llevaba dos conchas colgadas al cuello en lugar de una. Me miró con esos ojos brillantes y, sin decirme nada, la entendí. La acompañé en silencio a por el agua, sonriente y expectante. Lo había visto miles de veces, por fin iba a hacerlo. Me senté a su lado y empezamos, poco a poco, a mezclar el agua con la arcilla. Cuando tuvo una consistencia apropiada me detuve y la observé como nunca lo había hecho. Ella comenzó a realizar bolas de arcilla que iba aplastando hasta crear cilindros. Los moldeaba y estiraba hasta que tenían el tamaño adecuado, para después crear círculos con ellos e ir montándolos uno sobre otro. Cuando alcanzaba el tamaño adecuado utilizaba el dedo y más arcilla para ir puliendo hasta el último punto. Quedaba completamente liso, siempre los hacía perfectos. Después llegaba el momento que más me gustaba; se descolgaba su concha del cuello y practicaba pequeñas incisiones, realizando líneas serpenteantes, rectas o circulares. Era como darle vida a los recipientes, como firmarlos, como regalarles un trozo de alma en forma de dibujo…  me apasionaba.

Pero yo sabía que el proceso no acababa ahí, pues en ese estado era sumamente maleable y frágil: teníamos que endurecerlo. Digo teníamos, aunque la primera vez que lo intenté no conseguí gran cosa… excepto arrancarle carcajada tras carcajada a mi madre. Después de tanto momento divertido, ella cogió su obra y la trasladó a un agujero que había excavado anteriormente. Estaba lleno de ramas y leña seca y, junto a otros recipientes creados por otras personas de nuestro poblado, colocó el suyo. Era uno más de los que se cocerían ese día, y uno más los tantísimos que hizo a lo largo de su vida. Tras depositarlo le prendían fuego a las ramas y las cerámicas ardían durante horas. Se endurecían y adquirían un color rojizo, aunque a veces era más pardo o negruzco. No entendía por qué y le preguntaba a mi madre, que respondía pacientemente: «si el fuego puede alimentarse de aire el color es rojizo, más parecido al original de la arcilla; si por el contrario tapamos el agujero y el fuego no tiene aire suficiente, el recipiente se oscurecerá». No terminaba de entenderlo, pero me fiaba de ella, por algo era mi madre…

Y cuando cierro los ojos la sigo viendo, de pie frente al fuego y con los brazos en jarras, acariciando esa concha que en su momento le dio su madre. Y a veces se acercaba a mí y me pintaba las mejillas mientras yo reía y fingía que intentaba escapar; escapar de unas manos suaves y dulces que tanto me enseñaron, de unas manos que recuerdo manchadas de arcilla.

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