Macondo

La siguiente historia viene cargada de misterio, melancolía y recorridos intangibles. La envía Elena Navarro Olmos; espero que os guste.

Anoche volví a soñar con Macondo. Con sus calles de tierra pisada, sus paredes blanquecinas y sus rincones llenos de historias. Había dejado de llover desde la última vez que lo visité, pero la humedad aún podía olerse en el ambiente y  quedaban algunos charcos frente a las puertas de las casas.

Observé entre el asombro y la melancolía las persianas echadas y los ventanales atrancados. El repiqueteo de la lluvia contra los cristales había dado paso a una calma y una tranquilidad anómalas. La luz tibia del sol empezó a despuntar sobre las nubes, reflejándose sobre la cal de los muros y revelando la profundidad de sus humedades. Algunas hojas verdes brotaban en el camino, moteando constelaciones en el árido suelo.

No reparé en mi rumbo hasta que me descubrí plantado frente al viejo y destartalado portón de la casa de Rebeca. La plaza se abría a mi alrededor tan expresiva como siempre, ni siquiera los años del diluvio habían conseguido apaciguar los aires de caos que solían embriagar el ambiente, como si todos los días fueran día de mercado. En realidad no recordaba dónde se celebrara el mercado en Macondo, ni qué día, pero aquella calma palpitaba entre mis venas igual que una marabunta de panaderos, verduleras, floristas y  vendedores de chatarra. Mientras observaba los edificios que me rodeaban reparé en que aquella plaza, aquellas casas de varias alturas, aquella calle desierta flanqueada por paredes encaladas y puertas pintadas de azul solo existían en el Macondo que yo había imaginado. Aquellos colores y aquellas texturas no eran más que mis recuerdos ligados a mis fantasías, dando forma, olor y sentido a un mundo que no era ni real ni imaginario, un mundo que crecía, sueño a sueño, justo en la última curva antes de la locura.

Giré sobre mis talones para observar la calle que me había conducido hasta allí cuando reparé en que algo se movía tras de mí. Una pequeña ventana a la izquierda del portalón crujió ante el movimiento del corroído visillo morado que ocultaba el interior de la vivienda. Por un momento se me encogió el corazón, asustado, temiendo que fuera una fiera u otro animal acechándome, luego reparé en que tan solo se trataba de los ojos de un fantasma mirándome a través del cristal. La morena tez de Rebeca se dibujó nítida pero lejana, tan cercana y tan inalcanzable. Le miré fijamente a los ojos, mientras ella me devolvía una mirada dolorosa, penetrante y violenta. Desapareció unos segundos en la oscuridad de su casa antes de reaparecer tras la vieja puerta de madrera, que pese a su aspecto enfermo y deteriorado se abrió limpiamente hacia el interior. Rebeca seguía siendo pequeña pero fuerte, la robustez de su gesto y la delgadez de sus músculos le conferían un aspecto a medio camino entre la belleza delicada de una niña y el desgarrador perfil de una mujer consumida por el dolor. Los años de lluvias habían dejado huella en su piel.

–¿Dónde están todos? –pregunté.

–Se fueron al entierro de Úrsula.

Las palabras soplaron entre sus labios como la brisa antes de la tormenta, descargando sobre el nombre de la difunta la rabia y la fuerza de un huracán que lo destruye todo a su paso. El dolor y la rabia tomaban vida en las cuerdas vocales de Rebeca, confinada en su propio dolor por la casa en la que antaño había sido feliz, y, la cual, se negaba a abandonar.

–¿Y tú, no vas? – titubeé temiendo su respuesta.

–Alguien debía quedarse en Macondo –Sonrió levemente sin perder la pasión de su mirada y se dio la vuelta para volver a desvanecerse en la oscuridad de la enorme casa. El portalón se cerró tras ella con un suave golpe, que sin embargo barrió las calles de Macondo como un aire gélido.

Supe que no volvería a ver a Rebeca, por muchos sueños que pasaran. Tomé un puñado de tierra y la dejé correr entre mis manos, mientras los fríos y húmedos granos de arena se escurrían por mis dedos reflexioné sobre las palabras de la anciana Rebeca. Habló de Macondo como si se tratara de una criatura, viva y consciente. Una criatura que palpitaba desde el centro de todas las casas, desde los patios y los dormitorios. Una criatura que respiraba de forma pesada a través de las flores cultivadas con esmero por las mujeres. Pensé en Macondo como si se tratara de un viejo antepasado, un abuelo entrañable y a la vez respetado por generaciones. Me tendí en el suelo y traté de hundir mis manos en la tierra, tratando de sentir la vida más allá de las concepciones racionales. Pero entonces comprendí que Macondo no era ninguna criatura, Macondo era, simplemente, vida. Con todo lo que ello conlleva. Macondo era los dolores del alma, la felicidad y el sueño, la esperanza y la rabia. Los Aurelianos, los José Arcadios, las Remedios y las Amarantas tan solo eran yo mismo. Tan sólo eran la proyección de mis miedos resueltos.

Macondo era el refugio en el que olvidar que algunas historias tienen un final.

¿Tienes una historia? Puedes enviarla a: blogs@elboligrafoverde.com

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