Mariposas de seda

Las relaciones humanas son tan complicadas como un telar. No de esos eléctricos, ni de los sencillos tampoco, sino de aquellos telares que hicieron de Valencia uno de los núcleos sederos más importantes del Mediterráneo en el siglo XV. Están formados por placas, vigas de madera, contrapesos, lanzaderas… y, por supuesto, miles de hilos tan finos que parecen invisibles si te alejas unos centímetros de ellos. Es un trabajo mecánico en el que tienes que medir cada uno de los movimientos y saber qué pieza mover y cuándo, consciente de que un pequeño fallo puede llegar a ser fatal. El resultado de la paciencia, el tiempo y el esfuerzo invertidos es un género textil por el que cientos de personas recorrieron miles de quilómetros sembrados de peligros, contrastes y aventuras. El resultado merecía la pena.

2014-02-06 12Aunque la relación con las personas, y la amistad en concreto, es algo de todo menos automático, el resultado es el mismo: una entramada red de sentimientos complejos, muy difícil de obtener, que merece la pena. De igual modo, un pequeño error puede marcar la diferencia e incluso llegar a ser motivo de desecho. Un hilo roto entre humanos puede ser muy difícil de arreglar, a veces incluso ni se ve hasta que es demasiado tarde…

Cuenta la leyenda que una emperatriz tomaba té bajo una morera cuando un capullo de gusano de seda cayó en su taza. El líquido caliente provocó que, al ser extraído por sus hábiles manos, se fuera deshilachando poco a poco. Esta emperatriz, magnífica hilandera, decidió probar a tejer con el hilo extraído de la taza y quedó fascinada. Hasta ese momento el estado de crisálida no era más que una metáfora, una fase previa de algo que se convertiría en una belleza capaz de pulir el viento.

Pues bien, en algún punto perdido de esos miles de quilómetros que conformaban la Ruta de la Seda se encontraba un pueblo cuyas tejedoras eran reconocidas por su excelente labor. Decían que sus habilidades venían de la sangre heredada de sus madres y de una única tradición. Cuando todavía eran pequeñas las iniciaban en un arte que se perdía en el tiempo y que no estaba registrado en ningún texto. Los inicios eran difíciles pues hace falta concentración, trabajar duro y ser muy constante, tres cualidades que casi ninguna niña tenía. Bañaban sus telas malformadas en lágrimas que brotaban con más fuerza bajo la dureza de sus madres mientras imploraban perdón y se esforzaban más y más. Sabían bien que, de no conseguir realizar ese pañuelo característico de su cultura, no serían aceptadas.

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Ninguna llegó a rendirse, nunca. Porque no podían, porque iba en su sangre. Y un buen día, tras demasiado esfuerzo, conseguían terminar ese ansiado lienzo de manera perfecta. Ya formaban parte de su comunidad. Pero hacía falta una cosa más para completar la iniciación. Los dos primeros capullos de seda que volvieran a depositar en esos recipientes llenos de agua caliente serían el segundo símbolo de su recién adquirido estatus. Los cogerían, los tintarían y, una vez vaciados, crearían dos pendientes. El significado estaba claro: el tiempo, el esfuerzo, esos malos tiempos que dan paso algo mejor, la explicación de su pasado y la orientación hacia su futuro… se habían convertido en mariposas capaces de pulir el viento.

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