Me dejó en un Mercadona

Recuerdo la escena como si hubiera sido ayer y es que, aunque fue esta mañana, todavía estoy mareado de la espiral de recuerdos que se han amontonado en mi mente a cámara superrápida. Es como cuando caes de un puente y estás a punto de morir, excepto que en esos instantes solo la ves a ella en los mejores momentos. Los malos los bloquea tu cerebro y los dosifica poco a poco durante los siguientes meses, para ayudarte a olvidarla pero de forma lenta y dolorosa. Es su forma de vengarse del corazón y de gritar bien alto: «te lo dije, pequeña bomba de sangre, aquí el que piensa soy yo».

Fue una traición en toda regla: me dijo que esa noche íbamos a cenar mi comida favorita –pizza congelada de atún, Pringles con kétchup y bollycaos falsos–

y, tras pasar por la sección de salsas y coger un bote de pesto nada más, supe que algo iba mal. Caminé embelesado aunque ligeramente inquieto tras sus pasos hasta que llegamos a la sección de patatas fritas. Una vez delante de las Pringles me tranquilicé: si iba a haber patatas la cosa no sería tan mala, aunque es verdad que el kétchup es el kétchup. Se giró y, en medio de ese cruce de caminos entre los concentrados de fruta extra azucarados, las sopas de sobre, el pescado congelado y los aperitivos, me lo dijo.

No fui consciente de lo que estaba ocurriendo hasta que una señora se acercó y, con el cariño de una madre, me dio unas palmaditas en la espalda. «Será mejor que dejes ese bote de patatas» dijo «son demasiadas para uno solo». La miré con los ojos vidriosos y asentí: «mejor cojo un sobre de sopa». La mujer se encogió de hombros y se marchó. A mi alrededor se había formado un pequeño grupo y alguien dijo que aquella relación debía de haber sido muy similar a mi futura cena. Ella era una más de muchas, insulsa por naturaleza, edulcorada y enlatada en un envase bonito; a mí me había tocado ser el agua, todavía más soso y ni siquiera tenía color. Éramos la perfecta combinación fruto de la vagancia de una tarde de invierno; una receta pobre por la que no había que esforzarse mucho e incapaz de decepcionar a nadie. Una sopa de sobre no decepciona a nadie porque a nadie enamora.

Antes de contar diez ella había desaparecido y el círculo de curiosos se iba desvaneciendo al igual que mis entrañas para dar paso a un vacío difícil de llenar aun con muchos botes de patatas fritas. Sentí la tentación de salir corriendo, llegar a la línea de cajas, dudar unos segundos en escoger la más rápida, hacer cola, pagar el sobre de sopa y seguir corriendo hasta alcanzarla, pero no lo hice. En su lugar me quedé dando vueltas por el Mercadona hasta ahora, momento en el que la encargada de fruta se ha acercado compungida y, tras mirarme a los ojos, me ha dicho que era hora de volver a casa. Además ha sido bastante hábil, ha conseguido que me lleve dos kilos de naranjas y un paquete de champiñones que estaba a punto de caducar y lo había rebajado. Me ha dicho que le darían sabor a la sopa.

Así que aquí estoy, sin mi pizza de atún y sin mi chica, viendo la televisión solo y con la esperanza de que, sin hacer nada, ella vuelva a amarme como nunca lo hizo. Porque en realidad nunca lo hizo. En realidad nuestra sopa boba no era más que agua, polvos y una pizca de sal cuando no nos daba tanta pereza como para ir a pedírsela al vecino.

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