Sentir lo que se siente al sentir algo que es imposible que ocurra

Entra a la sala. Es alargada, hay dos sofás de diseño y, al fondo, un dispensador de agua. Se sienta en el asiento de la izquierda y vacía su mente, algo especialmente fácil cuando, por motivos de seguridad, has dejado tu teléfono móvil a la entrada del edificio. Espera durante cinco minutos. Espera durante diez minutos más. Se sigue relajando mientras reflexiona sobre los minutos de su vida que ha esperado a que sucediera algo. Transcurren siete minutos más. De repente, algo ocurre; mientras que lo que espera es que su nombre sea pronunciado para acceder a la siguiente sala, lo que sucede es que la luz se apaga.

A partir de cierta edad los miedos infantiles se superan, entre ellos el miedo a lo desconocido que aguarda en la oscuridad. No era así en su caso. No obstante, estaba a tan solo unos pasos del interruptor, de modo que esa sensación de incertidumbre duraría poco. Se levanta, camina con los brazos estirados y espera. Una vez más, espera. Y nada ocurre. Da un paso, dos, siete… y no alcanza la pared. En ese momento siente -sientes- lo que se siente cuando se siente algo que es imposible que ocurra. Sigue caminando y nota cómo los latidos de su corazón han roto la armonía que mantenían hace unos instantes con cada movimiento de cadera. El interruptor pasa a un segundo plano, tu cerebro trata de entender qué ha ocurrido en esa sala mientras vuelves a sentir lo que se siente al sentir algo imposible: oyes la luz. No oyes un “clic”, no oyes un botón al ser pulsado, no es la corriente eléctrica lo que escuchas… es luz. Te das la vuelta y ves una silueta rectangular, una fina línea del tamaño de una puerta, en el lugar en el que estaba el dispensador de agua. En ese momento todo cobra sentido en tu cerebro: te has desorientado y has caminado en dirección contraria, de modo que has dejado la puerta a tu espalda.

Pones rumbo a un faro encendido en medio de una noche de calma pero hay algo que te dice que no has vuelto del todo a la realidad: sigues escuchando la luz. Tu corazón se debate entre reducir las pulsaciones o aumentarlas y decide subir la frecuencia cuando, al dar el primer paso, la puerta -o lo que crees que es la puerta­- se aleja. Corres. Corres más deprisa y esperas, una vez más. Esperas que la puerta deje de alejarse, que la luz inunde de nuevo esa sala otrora conmensurable, esperas que esa sensación sinestésica desaparezca. Y, como siempre, lo que sucede no tiene nada que ver con aquello que llevabas tanto tiempo calculando.

De repente, ese rectángulo de luz se detiene. Ahora casi puede tocarlo, pero esta vez lo tiene sobre su cabeza. De algún modo, ya no está de pie. Su espalda toca el suelo y el sonido de la luz se va transformando en una melodía que no termina de reconocer, una melodía que sabe a tierra mojada, una melodía lejana de color verde. Poco a poco, el sonido de la luz se extingue mientras recuerda el título de la canción: Danny boy. Con la última estrofa desaparece el sabor del sonido, el color de la música y el ruido iluminado. Con la última estrofa desaparece el rectángulo de luz.

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