Agosto

Hay una medida estándar para esas cosas que no sabes muy bien cómo medir, para esas cosas que duran un suspiro, para esas cosas muy intensas o para cosas que duran treinta meses; para esas situaciones que te producen desorientación, como cuando te levantas de la siesta en verano y no sabes qué hora es, o cuando una ráfaga de aire te transporta a otros tiempos que crees que son mejores solo porque ya han pasado.

Todo eso que se perfila borroso, como un sol descendiendo hasta el fondo del mar antes de apagarse, cabe en la misma caja en la que podemos guardar a agosto. Tienen la misma medida. Agosto es un mes raro. Agosto tiene la capacidad de ser infinito para aquellos que no tienen un respiro y de ser un suspiro para aquellos que lo tienen todo. Agosto se muere tan lentamente que para cuando te quieres dar cuenta es tarde y cierras los ojos con mucha más fuerza que antes y la brisa marina ya no te trae recuerdos y la montaña se viste de un marrón dorado, invitándote a regresar a casa.

Casi todo lo que no se puede medir dura un agosto: desde el instante de equilibrio anterior al momento de caerte hasta el último parpadeo antes de rendirte definitivamente y cerrar los ojos, abrazándola muy fuerte, sabiendo que cuando vuelvas a abrirlos será ya septiembre.

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