De cómo comenzó todo

Hubo un tiempo en mi vida –o más bien debería decir durante toda mi vida hasta ese momento– en el que nada era impredecible, extraño o fuera de lo corriente. No es que fuera feliz con poco, porque en realidad tenía mucho, sino que para mí los cambios –fueran del tipo que fueran– suponían más un agobio que un aliciente.

Era uno más de los que cada mañana comienzan su ritual diario, cada lunes su ritual semanal, cada día uno su ritual mensual… y se pasan los días deseando que llegue la noche vestida de sofá y manta, y se mantienen sentados mientras los años pasan. Había alcanzado la felicidad estática. Toda felicidad ha de ser adjetivada, porque hay tantas como personas y cada persona suele tener varias a lo largo de su vida.

Entonces apareció él, como un feliz vagamundo y con los bolsillos llenos de frases inconexas, hablando solo –más tarde comprendí que me hablaba a mí, aun sin conocerme–. Se sentó a mi lado, en el suelo, y en silencio comenzó a liar un cigarro. Empecé a ponerme nervioso, pues detestaba el tabaco y nunca se me había dado muy bien reclamar derechos. No hizo falta. Giró la cabeza y mientras entornaba los ojos pronunció la pregunta que hizo que se tambalearan los cimientos de mi existencia para, acto seguido, levantarse e irse.

De repente me sentí cansado que estar sentado, a partir de ese momento mi escritorio sería el mundo.

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