La Navidad es un anuncio de perfume

Esta reflexión navideña nos la envía una autora anónima que afirma “haber sido la novia de Papá Noël, pero antes de que empezara a repartir regalos”.

No se puede negar que en ese periodo comprendido entre el día 22 de diciembre (al finalizar el sorteo de Navidad) y el 6 de enero (cuando acaba el café de la comida de Reyes) somos mejores personas. Creo firmemente que somos mejores porque, de algún modo, nos autoconvencemos de que tenemos que serlo. Es como la clásica “buena acción del día” pero solo durante unos pocos días: la buena acción del año. Sigue leyendo

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¿En qué estación estás?

Antes de seguir leyendo responde a la pregunta. Piensa con quién estás, qué temperatura hace, cuánto llevas ahí y cuánto te queda, qué siente esa persona que se encuentra a unos metros de ti y qué es lo que escuchas. Visualiza el momento y el lugar.

Seguramente, si te pregunto cuál es la siguiente estación, tu respuesta sea muy diferente a la de quien lee este texto desde el edificio de enfrente. Te puedes estar imaginando una situación en tu ciudad o en otra en la que nadie te conoce, quizás solo se oye ruido, a lo mejor hace mucho calor… Sigue leyendo

Mariposas de seda

Las relaciones humanas son tan complicadas como un telar. No de esos eléctricos, ni de los sencillos tampoco, sino de aquellos telares que hicieron de Valencia uno de los núcleos sederos más importantes del Mediterráneo en el siglo XV. Están formados por placas, vigas de madera, contrapesos, lanzaderas… y, por supuesto, miles de hilos tan finos que parecen invisibles si te alejas unos centímetros de ellos. Es un trabajo mecánico en el que tienes que medir cada uno de los movimientos y saber qué pieza mover y cuándo, consciente de que un pequeño fallo puede llegar a ser fatal. Sigue leyendo

Macondo

La siguiente historia viene cargada de misterio, melancolía y recorridos intangibles. La envía Elena Navarro Olmos; espero que os guste.

Anoche volví a soñar con Macondo. Con sus calles de tierra pisada, sus paredes blanquecinas y sus rincones llenos de historias. Había dejado de llover desde la última vez que lo visité, pero la humedad aún podía olerse en el ambiente y  quedaban algunos charcos frente a las puertas de las casas.

Observé entre el asombro y la melancolía las persianas echadas y los ventanales atrancados. El repiqueteo de la lluvia contra los cristales había dado paso a una calma y una tranquilidad anómalas. La luz tibia del sol empezó a despuntar sobre las nubes, reflejándose sobre la cal de los muros y revelando la profundidad de sus humedades. Algunas hojas verdes brotaban en el camino, moteando constelaciones en el árido suelo. Sigue leyendo

Con las manos manchadas de arcilla

Así la recuerdo, con las manos manchadas de arcilla. Le brillaban los ojos cada vez que lo hacía; nunca se concentraba tanto como en ese momento, al menos a mis ojos de niña. Recogía el agua de un río cerca del cual nos habíamos instalado hacía un tiempo, la transportaba a su lugar de siempre y se sentaba sobre un trozo de piel trabajada. Aunque amortiguaba su peso, el dolor que sufría en las rodillas no lo evitaba. Recuerdo también el esfuerzo que le costaba moler el trigo sobre aquella piedra con forma de barca para luego hacer un pan  que a veces crujía debido a los fragmentos de mineral que se desprendían. Sigue leyendo

Impuntualidad

La siguiente reflexión nos llegó una tarde de un domingo de esos en los que es otoño pero aún hace mucho calor. Su autora nos la pasó por debajo de la puerta y, en unas pocas líneas, logra dibujarnos miles de historias que, a su vez, condensa en dos personas. Espero que la disfrutéis tanto como yo.

Ella era impuntual y él tan preciso como un reloj. Por eso nunca se encontraron.
Es de locos, ¿verdad? Pasarse la vida buscando a alguien que está a treinta minutos de distancia.
Pero es que en treinta minutos caben demasiadas realidades, demasiadas cualidades y quehaceres Sigue leyendo

La niña que colocaba flores azules sobre las cosas feas

Como si de una hoja de árbol se tratara, esta historia entró por nuestra ventana pasada la medianoche…

Se acercaba el frío vestido de caoba y ella, feliz y sonriente, cerraba los ojos y disfrutaba de la brisa en la cara. Le gustaba dormir con la ventana abierta y coleccionar las hojas que se colaban en su habitación: su definición de otoño era «color bonito». Colocaba esas hojas con chinchetas en la pared de su habitación y, en aquellas que eran lo suficientemente grandes, escribía poesía. Solía decir que la ventana era su alma y, las hojas, las personas: siempre estaba dispuesta a que alguien más entrara, siempre dispuesta a confiar y a dar todo lo que tenía… a veces a quien no lo merecía y, otras, a quien no sabía apreciarlo. No obstante, le gustaba tanto escribir poesía y dibujar sobre esas grandes hojas que rápidamente olvidaba aquellas que se marchitaban con la tinta todavía fresca. Sigue leyendo